martes, 1 de abril de 2014

Ganas.

Ganas de las cosquillas del mar en los dedos de los pies; de un libro a medias, siempre a medias, bajo el sol de Julio y Agosto.
Ganas de árboles verdes, de esos que no se acuerdan ya de cuando estaban grises y mustios, y echaban de menos a las flores.
Ganas de las noches que no terminan, de los mil cuentos de una Sherezade llena de tatuajes, de una historia que se escribe -y de la que somos nosotros los autores-.
Ganas de sentir la libertad que late cuando amanece y tú continúas a mi lado, demasiado callado como para que no me enamore de nuevo de ti, y con tantas vivencias como para que jamás desee que te calles.
Ganas de mi piel tostada, tan al aire como la vida misma, tan a fuego por la influencia de los rayos más calientes que conozco: tú.


Ganas de ti. Ganas de mí. Ganas. Tantas ganas...
Y sin embargo, Abril y lluvia.


Barcelona enamora.

martes, 25 de marzo de 2014

La carta de una escritora que escribe.

Perdóname, ya sé que no son horas, y mucho menos época, para escribir una carta. Ahora todos están locos con los hashtag (he tenido que buscar cómo se escribía), los tweets de 140 palabras, y las ganas de decir de todo sin decirse nada.
Lo acepto: es la era de las tecnologías y las redes sociales; pero yo, a contracorriente por definición, prefiero la tinta, el olor del papel, y sobre todo, por encima de cualquier cosa, amo la libertad de la escritura -Libertad...¡140 palabras! Sólo esta sociedad podrida de velocidad impondría límites a algo tan vivo como es la escritura. Supongo que así, cuando menos te lo esperas, lo que habrá pasado es la vida, demasiado rápida, fragmentada en pagos, como para poder vivirla, como para poder transformarla.-

Lo que decía, ya sabes que tiendo a irme por las ramas y más si el asunto trata de ser un poco más persona, y menos máquina, llámame antigua, carca, pero soy así, una mujer del siglo XXI con pretensiones de personaje de novela del siglo XIX. ¡Aquí estoy! Con un nombre enigmático y un punto (R.), a lo Stendhal, apasionándome tanto por la vida como para que me llamen loca -o al menos, diferente, lo cual, muchas veces, sociedad embustera, viene a ser lo mismo-.
Y a mí que me da igual, oye. Yo sigo vivita y coleando en mis novelas, y en esta realidad que además me empeño en transformar en literatura -oh sí, tengo que decirlo, la vida es arte, y el arte es vida... ¡y si no lo digo, reviento!-.

Pues eso, que decía... ¡Vaya por Dios! ¡Creo que todavía ni he empezado! Quería yo referirme al hecho de que esté escribiéndote una carta en vez de un whatsapp -"qué pasa" traducido al español, y una vez más nos encontramos ante el hecho demostrado (¡ahá!) de que lo que pasa es la vida mientras mantienes la vista fija en el smartphone ("teléfono inteligente" y me pregunto yo a qué inteligencia se refieren... pero mejor me callo, sí)-
Vamos que la carta, ¡la caaaarta!, eso, que yo prefiero la carta. Y porque no hay palomas mensajeras al alcance, que si no ibas a ver a qué altura quedaban Romeo y Julieta -Ay Shakespeare... ¿tenías que matarles a los dos? Atención, ¡spoiler! Aunque eso debería haberlo dicho antes, me parece. ¡Pero me da igual! ¡El que no la haya leído, que la lea, ea!-

Vamos que lo que quería yo decirte en esta carta es que sí, que la vida puede ser una novela -tu propia novela-. Y que a mí me encanta inventarme cada día, versar las mañanas, y convertir en prosa las experiencias. Pero al final -y yendo ya al meollo- nunca me gustaron los libros donde los protagonistas no se enamoran, o donde la señora R. llora desconsolada por la ausencia de un nombre propio. Y eso eres tú, el que hace de mi nombre con punto un nombre entero, en mayúsculas, y el que consigue que mi libro jamás se quede en blanco. Yo pongo la tinta, y tú das el soplo, rellenas la vida, ¿y sin vida qué le queda a una escritora? ¿De qué iban a vivir sus personajes? ¿Y ella... cómo iba ella, sin vida, a crear arte?
Qué filosófica me he puesto... ¡Y eso que no pretendía! Pero siempre esa cuestión del arte rondándome... ¡Y la vida! Si es que al final me sale solo, ¿ves cómo empuja la vida a las palabras? ¿Entiendes ahora cuando digo que tú también empujas las mías?

Lo que sí sé es que mi libro estará lleno de metáforas, y que el día que lo termine, o el libro decida terminar -¿no lo sabías? Muchos libros decidieron por sí solos ponerse fin- sólo tú entenderás a qué se refiere cada una de ellas -sobre todo, y más que nada, porque ese día entenderás que yo misma nunca fui más que mis escritos, nunca fui más (ni menos) que una metáfora, un sinfín de poemas, y, por supuesto, una flor que quiso volar-.







miércoles, 19 de marzo de 2014

Escritores.

Como la paloma blanca
que
nunca
envió ningún mensaje:
Silencio.

Como las letras expulsadas
de
un
libro.

Como los versos
que
no
pertenecen ya a un poema.

¿A dónde van las palabras
que borramos
cuando
escribimos?

¿Formarán todas ellas,
cosidas,
una descripción de
nosotros mismos?



martes, 4 de febrero de 2014

Vendaval.

Sólo quiero que el gris sea menos negro, y que el negro jamás vuelva a ser final. Porque los finales negros -dicen- no son finales; pero aquí en medio de la tormenta cualquier color parece utopía, y cualquier utopía, mentira. Y lo digo yo, que enarbolo banderas utópicas, que sueño en prosa, y amo en verso. Imagina hasta dónde llega el huracán, y cómo marchita el silencio.
Quiero imaginar que el desierto sólo es un bache, y que la sed sólo es la mezcla del hambre y la culpa del que desea cambiar. Sólo que a veces escuece tanto el desengaño, y ahoga tanto esta asfixia en ciernes, que la poesía parece alejarse, como un espejismo, hasta para mí.
Y entonces la desconfianza no me permite soñar más que con un ojo cerrado y el otro abierto, alerta siempre ante el vendaval... Y me permito escribir historias que sólo narran metáforas, arañan imágenes, y creen en el perdón.
Y así entendí que la supervivencia también es saber seguir volando, extender las alas, respirar poesía, entender el invierno... cuando ni siquiera el tiempo se atreve a ser juez.


lunes, 3 de febrero de 2014

De mi vida.

Y qué haría yo si me faltase
tu risa,
el torrente enérgico del que mana
mi vida,
la luz eterna que todo lo baña
e ilumina.

Y qué haría yo si no te hubiese
encontrado,
sólo vivir como si fuese una
orden,
un paso estéril por los días
de un calendario
demasiado gastado para albergar
verano.

Y qué haría yo si algún día
te fueras,
habiendo sentido ya lo que es la
unión de dos almas que
unidas forman una entera;
habiendo creado el universo bajo
una almohada,
habiendo convertido la vida
en sueño.

Qué
haría
yo.


martes, 28 de enero de 2014

Creo.

Y aún así,
despojada de la infancia,
de esa nube blanca
que adorna la ignorancia,
vivo,
y -por qué no decirlo-
creo.

Y aún así,
apartada de la calma,
de esa sal que empalma
los veranos con el alma,
sueño,
y -por qué no decirlo-
creo.

Y aún así,
alejada del solsticio
que da sentido al sacrificio,
y engalana el mero vicio,
sufro,
perdono,
odio,
perdono...
y -por qué no decirlo-
creo.

Y aún así,
aún así,
aún así,
aún así...
creo.





miércoles, 15 de enero de 2014

Negro.

Estoy cansada de la dureza
de un alma angosta,
a la deriva, demasiado sola,
creyendo frenar la costa.

Estoy cansada de este tiempo
que olvida rápido,
mientras en mis costados
cicatriza aún,
-demasiado abierto-,
el pasado.

Inútil es pedir perdón cuando aún
ni siquiera observas el precipicio,
caminas
-hacia el borde-
con dos principios,
y analizas fuerza como esfuerzos fútiles.

Estoy cansada de amañarte el juego,
y a pesar de la huida,
no olvidar que hay salida
entre tu mentira y tu ego.

¿Cómo devuelves la vida
a quién entrega la suya para evitar
sin medida
que abandones el ruedo?

Quizá la conciencia permita
que en las gotas de lluvia
que sólo habitan tu ventana
-algún día-
puedas ver tu traición.

Y la sangre del minutero
sabrá decirte sin mancha
cuál fue el minuto certero
en que la herida pasó a ser lacra,
haciendo estallar demasiadas lágrimas
de quien nunca había sabido
-hasta entonces-
lo que era el rencor.



jueves, 9 de enero de 2014

Reflexiones a raíz de Nietzsche...

Primero el camello, la carga, el estúpido caminar sin sentido, preso de uno mismo y de lo mismo de todos, arrastrando los pasos. Ahora bien, recordad cuánto aguanta el camello sin beber, sin acercarse a la fuente <<de la vida>>.
 -¿A qué te sabe el agua?
-A nada.
- ¿A qué te sabe la vida?
¡Camello!
Después el león, con sus dientes de diamante, y su corazón de talco. Cómo ruge… Cómo ataca con furia al camello; cómo cree poder con todo; cómo, al final, sólo está mordiendo un espejo. Luchas con fuerza pero, ¿por qué luchas? ¿Por qué…? León… Demasiado grande para una presa tan pequeña...: tú mismo.
Y, por último, el niño. Ese que juega, que olvida, que… vive. Y vive porque no le tiene miedo a la muerte –ni a la vida-. Y vive porque sus pequeñas manos aún no han tenido que aprender a soltar, despedirse, <<ser>> -ser como definición impuesta, el niño “sólo” es, “sólo” vive… ¡libre!-
¿Quién no querría ser niño siendo adulto? A pesar de que el niño ni siquiera sabe qué es ser niño. ¡Qué injusto! Y sin embargo, por eso precisamente su valor es incalculable.
Es tierno aludir a una etapa de la que apenas se tienen recuerdos… Porque el niño vive viviendo. ¿Para qué iba, entonces, a valerle el rencor? Y aún así, no todo lo olvida. Y la vida no le olvida a él.
¿Hemos olvidado la vida? ¿Cuándo comenzamos a olvidar? ¿Cuándo comenzamos a dar prioridad a recuerdos que nos imponen, formas de ser que nos imponen, vidas que nos imponen?
¿Alguna vez has pensado en ti? Sólo en ti. En TU vida. ¿Y has sentido, en ese momento único, inolvidable, que estás viviendo? Porque tú, y sólo tú, sabes, sientes, notas, que estás viviendo. Nadie más puede vivir por ti. Es la primera regla de la vida, ¡después de aquélla que nos dice que… vivamos!
¿Cómo hemos podido olvidar vivir?
Una poesía, un beso, una inspiración… Y el libro de tu vida. ¡No hay más autor que tú! ¿Qué género prefieres…? Así de bella es la vida que otorga total libertad al escritor. Y tu letra grabará sus formas en los pliegues y páginas de tus ojos, y ese será tu libro: tú.
Libro y autor unidos en una total simbiosis. ¡Qué enorme sueño…! Y sin embargo todavía los hay que se niegan a soñar, tan apegados están al falso despertar del asfalto.
Y creen que no hubo jamás mejores notas musicales que los claxons, ni mejor beso que aquél que se manda por una red social.
Ciegos con los ojos muy abiertos, así somos, no, así existimos.
Ya lo dijo Oscar Wilde: Pocos viven, la mayoría sólo existe.

Y tú, ¿estás vivo?