Que no me falte tu risa,
tu brisa de vida,
tu aliento en mi respiración,
tu corazón inquieto,
tu alma animal y
tus dedos de niño.
Que no me falten tus sueños,
hermanos gemelos de los míos,
ni tu sed de que seamos tiempo,
que no me falte tu corazón.
Que no me falte tu locura,
tu mar lleno de costas,
lleno de olas,
donde embarco y nado
cuando estoy contigo
para estar conmigo a solas.
Que no me falten tus dudas
y tus certezas,
tu peligrosidad efímera de abeja,
la miel de tus labios, mi néctar.
Que no me falte el viento
que despliegas,
para ahuyentar mis falsas tormentas,
para abrazarme al calor
de la hoguera de tu pecho.
Que no me falte la guarida
de tus brazos,
la ausencia de miedo al
tocar tus trazos,
la libertad de sentirnos
el uno al otro atados.
Que no me falten tus ojos,
que saben mirarme si
no me reconozco,
que saben saciarme y completarme,
que abren ventanas a lo que desconozco.
Que no me falte el misterio
de acompañarte en toda tu vida,
la certeza de saberte mi guía
la ilusión por descubrir caminos.
Que no me falte esta ansia de vida
que trajiste en sueños
a mi medida,
y que reside en tu alma,
junto a la mía.
Que no me faltes nunca, Vida,
ni esta nueva perspectiva
de vivir siendo yo misma,
y a la vez tantas,
todas tuyas, todo mío,
todo nuestro.
Nosotros,
para toda la vida.
viernes, 15 de febrero de 2013
miércoles, 6 de febrero de 2013
Borrar.
En la arena de esta playa
hay demasiadas huellas
que el mar debe borrar.
Por eso el mar también es tiempo,
por eso el mar también soy yo.
Fotografía por Marta García López©
martes, 22 de enero de 2013
Mentiras.
Personas que presumen de grandes corazones, adolecen de pequeñas almas. Comprobado. Y es que cuánto mejor callar y demostrar, que hablar y seguir hablando.
No entiendo esta afición del hombre por presumir, por hablar en abundancia de lo que en realidad carece. Palabras, palabras. Cuántas cosas podemos hacer con ellas, cuántas... Yo siempre he dicho que deben ir acompañadas de hechos. Incluso en el arte. Un libro: infinitud de palabras que se traducen en hechos en nuestras soñadoras mentes. Pero esta es otra dimensión. La realidad nos lleva al campo de la comprobación. Si afirmas ser alto, y mides un metro cuarenta con cincuenta años, las palabras se convierten en mentira, se vacían, mueren. Sin embargo, quien vive viviendo, podrá morir cerrando su propio libro.
Vivir viviendo... ¡claro! No es ninguna redundancia, se trata de algo trascendental. ¿Cuántos viven... sin vivir? ¿Cuántos acompañan sus días de melodías huecas, de mentiras que sólo son analgésicos para la verdad? Y es que, puede ser, se habla tanto porque callar a veces duele. Reflexionar, quizá cambiar, ¡les resulta tan pesado! ¡Supone tan enorme carga para el corazón! Así que siguen envenenándole con placebos, mientras él entre sístole y diástole, suspira y reza.
Es fruto de un estudio, que cuanto más se miente, más se aceptan las mentiras como verdades. Tal es así que aquél que decíamos que se creía alto, llegó a presentarse a un concurso de modelos. El resultado fue lo que todos sabemos...
La tinta de sus bolígrafos es invisible, por eso ni ellos mismos lo ven. Nada puede escribirse, nada puede rozar el alma, si ni siquiera invertimos tiempo en conocerla. Es de valientes mirar dentro de uno mismo, a sabiendas de que es muy probable que haya cosas que no van a gustarnos. Por eso es importante hacerlo, se crea una oportunidad de cambio, y a la vez se genera una sensación de paz por vernos tal cual somos, por llegar a aceptarnos así. Sólo hay que abrir los ojos.
Y es que cuando uno miente, a quien más engaña es a sí mismo.
No entiendo esta afición del hombre por presumir, por hablar en abundancia de lo que en realidad carece. Palabras, palabras. Cuántas cosas podemos hacer con ellas, cuántas... Yo siempre he dicho que deben ir acompañadas de hechos. Incluso en el arte. Un libro: infinitud de palabras que se traducen en hechos en nuestras soñadoras mentes. Pero esta es otra dimensión. La realidad nos lleva al campo de la comprobación. Si afirmas ser alto, y mides un metro cuarenta con cincuenta años, las palabras se convierten en mentira, se vacían, mueren. Sin embargo, quien vive viviendo, podrá morir cerrando su propio libro.
Vivir viviendo... ¡claro! No es ninguna redundancia, se trata de algo trascendental. ¿Cuántos viven... sin vivir? ¿Cuántos acompañan sus días de melodías huecas, de mentiras que sólo son analgésicos para la verdad? Y es que, puede ser, se habla tanto porque callar a veces duele. Reflexionar, quizá cambiar, ¡les resulta tan pesado! ¡Supone tan enorme carga para el corazón! Así que siguen envenenándole con placebos, mientras él entre sístole y diástole, suspira y reza.
Es fruto de un estudio, que cuanto más se miente, más se aceptan las mentiras como verdades. Tal es así que aquél que decíamos que se creía alto, llegó a presentarse a un concurso de modelos. El resultado fue lo que todos sabemos...
La tinta de sus bolígrafos es invisible, por eso ni ellos mismos lo ven. Nada puede escribirse, nada puede rozar el alma, si ni siquiera invertimos tiempo en conocerla. Es de valientes mirar dentro de uno mismo, a sabiendas de que es muy probable que haya cosas que no van a gustarnos. Por eso es importante hacerlo, se crea una oportunidad de cambio, y a la vez se genera una sensación de paz por vernos tal cual somos, por llegar a aceptarnos así. Sólo hay que abrir los ojos.
Y es que cuando uno miente, a quien más engaña es a sí mismo.
viernes, 11 de enero de 2013
Quiero ser.
Quiero ser la ola de un mar infinito,
No siempre en calma
Pero nunca náufraga.
Quiero de un puerto ser la sirena
Que se muerde la cola
Para ser palabra.
Quiero ser el refrán sabido
Que se abandona al olvido
Llevándose su carga.
Quiero de esta vida loca
Ser el viento que sopla,
Y el rayo de sol que jamás se ahoga.
Quiero ser el juego del ahorcado
Que posee el rostro y guiño
De quien hace trampa.
Quiero ser la hoja en blanco
Que huele al fruto
Del árbol de tus entrañas.
Quiero ser el libro abierto
Que reposa en tus manos
Y que nunca se acaba.
Fotografía por Marta García López ©
lunes, 31 de diciembre de 2012
Balance 2012. Bienvenida al 2013.
Cada 31 de Diciembre, desde hace años, elaboro un balance del año que se va. Había pensado no hacerlo del 2012, pero no he podido resistirme.
Por esas personas que, aunque no estén, jamás se irán de mi corazón. Siempre te llamábamos tía Upe, pero ahora más que nunca me enorgullezco de llamarte abuela. No imaginas el ejemplo que supones para mí. Y aunque te has ido, estás conmigo, en mi recuerdo, eso que al final tú ya no tenías...
Por los que me han hecho daño. He aprendido, quizá más que ningún otro año, que hay personas con las que no quiero caminar. No deseo que se pierdan en su senda, simplemente me he dado cuenta de que la mía y la suya son distintas. He aprendido que a veces nos engañamos demasiado por culpa de lo que deseamos tener, y aplicamos a personas valores, comportamientos, afectos, que no tienen, y que nosotros deseamos que tengan. No se basa en querer lo que imponemos que sean, sino en querer lo que son, en saber quiénes son, y a partir de ahí, decidir. Ha habido golpes muy duros, me he dado la vuelta en mi camino para decir adiós a tanta gente... y he seguido caminando hacia delante, al principio despacio, cabizbaja, pero cada vez mejor. El dolor es algo que cuesta olvidar, sin embargo prefiero recordar lo que quizá hubo en otro tiempo, aunque ahora ya esté muy lejos. Hay que dejar marchar a quien ya se fue mucho antes...
Por los errores cometidos, que me han hecho crecer, evolucionar y madurar. Ha sido un año duro, pero con muchas enseñanzas. "Sólo" hay que saber ver la oportunidad detrás de cada desplome, y volver a construir, esta vez más sólido, más fuerte. Creía que yo ya era fuerte, y cuánta fortaleza he ganado...
Por la desilusión en momentos, que lleva a saber apreciar la gran ilusión de otros. Por fin Filosofía vuelve a ser motivación, y Literatura.
Ha sido un año muy difícil, como digo, pero, por supuesto, ha tenido grandes cosas...
Por Víctor. Un año más. Mil y una experiencias, mil y una risas, mil y una noches, millones de besos, y un amor que en vez de asentarse, va creciendo cada vez más. Has sido mi lugar donde refugiarme entre tanta tormenta. Gracias por traer a mi vida la ilusión, los sueños, la risa, las grandes emociones. Has sido, eres, y serás tú. Siempre y sólo tú.
Por mis padres. Por demostrarme más si cabe que son increíbles. Por enseñarme una vez más el valor de ser buena persona e ir con el corazón antes que con la cabeza, aunque eso suponga exponerlo al daño. Por hacerme ver lo importante que es saber perdonar, y seguir luchando, aunque parezca que ya no quedan fuerzas, porque siempre las hay cuando hay amor.
Por mi hermano. Por el espíritu de lucha, de superación, por la valentía, por volver a ser el hermano que yo recordaba. Por conseguir unirnos más aún.
Por mi perrita, que sigue demostrándome día a día lo que es la lealtad y la fidelidad. Nunca se sabe lo que se llega a querer a un animal, hasta que se tiene uno. Es mi bebé.
Por María, por regresar a mi vida, por los "cerda", las risas tan nuestras, las tardes y noches de chicas. Porque todo sigue siendo igual, pero diferente, desde ese primer día. Gracias por atreverte a lo que yo no me atreví, siempre lo diré. Has llenado uno de mis grandes vacíos.
Por los logros conseguidos, aunque pequeños, son pasos hacia delante. El concurso de Micro-relatos Bólido, las publicaciones en Intereconomía, la revista de Filosofía, y la ilusión por todos los nuevos proyectos en los que estoy metida.
Podría decir muchas cosas más, detalles, experiencias, pero creo que este año no es de eso, este año ha sido de cosas grandes, malas, pero también buenas, muy buenas. Yo me quedo con eso.
Por un nuevo año, con 365 oportunidades para ser feliz. Porque el 2013 sea un buen año, rodeada de las personas que verdaderamente me acompañan en el camino.
¡Feliz año nuevo!
viernes, 30 de noviembre de 2012
Un día más.
Es mi manera de evadirme, de dejarme ir, de dejar de ser, aquí y ahora, no ser, ¿no soy?
Hoy tocan palabras que son enredos, y enredos que no saben cómo convertirse en palabras. ¿Cuánto de mí hay en estas frases? ¿Cuánto de ti, que no quiero, hay en mí? ¡Nada!
Somos libres de escoger nuestra vida. Somos independientes para decidir qué hacer con ella. Unos deciden, otros tiran por tierra. Y lo peor, van dejando semillas que siembran lo que después los demás hemos de cortar...
Desaparecer. Por un breve lapso de tiempo, deteniéndolo, haciendo que no suene el reloj. Olvidar el estado de alarma. Simplemente flotar... Respirar sin miedo... Dejar que las cuerdas que atan mi cuerpo se liberen, y notar cómo el corazón me da las gracias con latidos... Y oír solamente eso, sólo eso... el corazón. Paso demasiado tiempo haciéndole caso a la cabeza, y ese no es mi signo de identidad.
Podría preguntar por qué, pero, ¿de qué valdría? Ni siquiera ya deseo respuestas, sólo nuevas esperanzas. Quiero luz y calor para los que sólo son luz y calor... ¿Puede quizá olvidarse esto? No... Pero no, no quiero respuestas. ¡Quiero caminos que lleven a alguna parte! Quiero oír cómo el río fluye a través del sendero, claro, limpio, quiero oír los pájaros, sentir los rayos del sol, la paz. Y no esta oscuridad repleta de peligros que amenaza a cada segundo con explotar en un negro absoluto. Las estrellas tiemblan... ni ellas saben ya qué es lo que deben alumbrar. Y sin embargo, siguen. Si su luz se extingue parcialmente, luchan por recuperarla, y ciertamente consiguen más de la que ya poseían, a pesar del miedo, a pesar de ese cielo triste donde las han colocado...
¡Quiero mi cielo! Mis alas, mis nubes, mi fe. Por entero. A un guerrero le gusta su espada, pero no usarla día tras día, día tras día...
Quiero... quiero... con el alma. Esa sí soy yo: alma.
Fotografía por Marta García López©
Hoy tocan palabras que son enredos, y enredos que no saben cómo convertirse en palabras. ¿Cuánto de mí hay en estas frases? ¿Cuánto de ti, que no quiero, hay en mí? ¡Nada!
Somos libres de escoger nuestra vida. Somos independientes para decidir qué hacer con ella. Unos deciden, otros tiran por tierra. Y lo peor, van dejando semillas que siembran lo que después los demás hemos de cortar...
Desaparecer. Por un breve lapso de tiempo, deteniéndolo, haciendo que no suene el reloj. Olvidar el estado de alarma. Simplemente flotar... Respirar sin miedo... Dejar que las cuerdas que atan mi cuerpo se liberen, y notar cómo el corazón me da las gracias con latidos... Y oír solamente eso, sólo eso... el corazón. Paso demasiado tiempo haciéndole caso a la cabeza, y ese no es mi signo de identidad.
Podría preguntar por qué, pero, ¿de qué valdría? Ni siquiera ya deseo respuestas, sólo nuevas esperanzas. Quiero luz y calor para los que sólo son luz y calor... ¿Puede quizá olvidarse esto? No... Pero no, no quiero respuestas. ¡Quiero caminos que lleven a alguna parte! Quiero oír cómo el río fluye a través del sendero, claro, limpio, quiero oír los pájaros, sentir los rayos del sol, la paz. Y no esta oscuridad repleta de peligros que amenaza a cada segundo con explotar en un negro absoluto. Las estrellas tiemblan... ni ellas saben ya qué es lo que deben alumbrar. Y sin embargo, siguen. Si su luz se extingue parcialmente, luchan por recuperarla, y ciertamente consiguen más de la que ya poseían, a pesar del miedo, a pesar de ese cielo triste donde las han colocado...
¡Quiero mi cielo! Mis alas, mis nubes, mi fe. Por entero. A un guerrero le gusta su espada, pero no usarla día tras día, día tras día...
Quiero... quiero... con el alma. Esa sí soy yo: alma.
Fotografía por Marta García López©
martes, 27 de noviembre de 2012
"Se hace camino al andar"...
No creas que todo está hecho, no. Queda tanto por recorrer...
No pienses que el camino será fácil, pero tampoco difícil. Nota tus pasos, marca tu huella, respira lo efímero y acaricia con el corazón aquéllo que es inmortal.
Nunca te pares. Ni siquiera para echar la visa atrás, puedes hacerlo de igual forma mientras caminas. Así entenderás que lo que ya ha pasado no puede de nuevo alcanzarte, y que lo que está por llegar se encuentra en el presente, en forma de oportunidad.
Si llueve, no tiembles si no te has dado cuenta de que necesitabas paraguas. Aprende a mojarte, y a apreciar el calor del sol cuando regrese. Aprende a fundirte en la gota, pero no dejes que la tormenta forme un hogar en ti, pues entonces el sol jamás podrá secarte aunque sea el más espléndido. Y si encuentras un paraguas... úsalo cuando tus pies estén cansados, con heridas, y apóyate en él hasta que se convierta en alas. Los paraguas son personas que te ayudan a volar cuando no eres capaz ni de observar el cielo.
No huyas si algo te asusta o intenta dañarte. En el camino habrá oscuridad, frío y peligros, pero la luz está en ti, cree en ella, expándela, cree en ti. Y si no eres capaz de alumbrar, recuerda que no hay noche tan cerrada que no tenga ni una sola estrella.
No ceses en tu empeño, mira el cielo, percibe tus alas, da la mano a quien camina a tu lado. Sé cielo, sé alas, camina al lado de quien lo merece.
Entrégalo todo, pero vigila el peso de la mochila. Recuerda que el camino es largo, y que hay cargas demasiado pesadas (entre ellas el miedo) Libérate de lo que consume tu energía. Sé libre. Sé leal. Sé quien deseas ser.
Sé feliz.
Y el camino será inolvidable.
Fotografía por Marta García López ©
No pienses que el camino será fácil, pero tampoco difícil. Nota tus pasos, marca tu huella, respira lo efímero y acaricia con el corazón aquéllo que es inmortal.
Nunca te pares. Ni siquiera para echar la visa atrás, puedes hacerlo de igual forma mientras caminas. Así entenderás que lo que ya ha pasado no puede de nuevo alcanzarte, y que lo que está por llegar se encuentra en el presente, en forma de oportunidad.
Si llueve, no tiembles si no te has dado cuenta de que necesitabas paraguas. Aprende a mojarte, y a apreciar el calor del sol cuando regrese. Aprende a fundirte en la gota, pero no dejes que la tormenta forme un hogar en ti, pues entonces el sol jamás podrá secarte aunque sea el más espléndido. Y si encuentras un paraguas... úsalo cuando tus pies estén cansados, con heridas, y apóyate en él hasta que se convierta en alas. Los paraguas son personas que te ayudan a volar cuando no eres capaz ni de observar el cielo.
No huyas si algo te asusta o intenta dañarte. En el camino habrá oscuridad, frío y peligros, pero la luz está en ti, cree en ella, expándela, cree en ti. Y si no eres capaz de alumbrar, recuerda que no hay noche tan cerrada que no tenga ni una sola estrella.
No ceses en tu empeño, mira el cielo, percibe tus alas, da la mano a quien camina a tu lado. Sé cielo, sé alas, camina al lado de quien lo merece.
Entrégalo todo, pero vigila el peso de la mochila. Recuerda que el camino es largo, y que hay cargas demasiado pesadas (entre ellas el miedo) Libérate de lo que consume tu energía. Sé libre. Sé leal. Sé quien deseas ser.
Sé feliz.
Y el camino será inolvidable.
Fotografía por Marta García López ©
martes, 30 de octubre de 2012
El último otoño.
Se sentó en el banco de siempre. El día era nublado y hacía
algo de viento que transportaba las hojas de aquí y allá en un vaivén sin
ningún tipo de sincronización. Una vez tuvo el sueño de enseñar a bailar al
otoño, pero acabó por descubrir que los viejos no bailan. Bien lo sabía él.
Llevaba su sombrero marrón en la mano. Su textura era áspera
y los dedos se le encajaban en los agujeros cada vez más grandes. Podía contar,
si quería, la biografía de cada uno de ellos: su inicio, su nudo, y su “deshilache”… Incluso podría haber hecho
un libro de poemas dedicado a ellos, pero eso de la literatura estaba hecho
para los listos con gafas de pasta. Él solo sabía que un agujero podía
significar el adiós de una mujer, un trabajo mal pagado y demasiadas hojas
caídas en la misma acera; de hecho, en esa misma acera.
Se pasó la lengua por los labios secos y muy finos. Enfrente
el riachuelo le susurraba en voz baja lo que él no quería decir, y la gente caminaba
con prisas, embutidos en sus abrigos como si quisieran descubrir dónde se había
escondido el verano. Apretó aún más los bordes del sombrero. ¿Qué iba a saber
esa gente de lo que es un anochecer con la vida misma? El viento, el río, el
cielo… y uno mismo. Él lo había hecho en tantas ocasiones que, si quisiera,
también podría escribir un libro de poemas sobre eso.
Notó un agujero nuevo, todavía pequeño, y bajó la mirada
hacia donde se encontraban sus manos. Eran débiles y estaban cubiertas de
arrugas. Al igual que el sombrero habían perdido color y algunas manchas las
volvían desiguales. Esa era la última señal. Ese nuevo agujero indicaba que el
sombrero había vivido demasiado…
Se levantó despacio y se acercó a la barandilla que limitaba
el río. Su mano izquierda sostenía el sombrero marrón y repasaba su contorno
inconscientemente en señal de despedida. Una ráfaga de viento repentina quebró
sus finos dedos e impulsó hacia el río el sombrero, que se fue volando mientras
describía órbitas fantásticas, como si siguieran el compás de una canción. Él
contempló el espectáculo fascinado hasta que, por fin, el sombrero se posó
sobre el agua y desapareció de su vista. Entonces se dio la vuelta y comenzó a
caminar. Tenía miedo, mucho miedo, pero sonreía. Había descubierto que el otoño
sí que sabe bailar.
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