No hay metáfora mejor para la tristeza que la lluvia. Ni mejor lluvia para la tristeza que la metáfora.
domingo, 30 de noviembre de 2014
sábado, 15 de noviembre de 2014
Mi invierno.
Me explotan las palabras dentro. Tengo tantas ganas de escribir como de escribir-te. Supongo que suelen ir unidas.
Me conformo con que cuando llueva fuera sigamos prefiriendo calarnos, tú y yo, por dentro, así, el uno del otro.
Y ahora, en mi invierno más duro, a pesar de estar lejos, sigues siendo mi estación, mi verano, mi mí(o).
Nada está claro ni cierto, mucho menos cierto. Y yo aquí, como una niña pequeña saliendo al mundo de los adultos. Inocente, expectante, diminuta. Qué enorme me parece todo. Los edificios se me caen encima. Las hojas se desprenden cuando paso; dicen que dónde está mi luz, y se alejan, se pierden, como yo, en las aceras. Los animales, más que las personas, me comprenden y se acercan. Qué haría yo sin mi perra.
De mayor quiero tener mil pájaros (y de pequeña, porque quiero también seguir siendo pequeña) en la cabeza, y ninguna jaula. No, ninguna.
Cuando llueve las gotas me acarician, se sienten atraídas por mi tormenta, la que llevo dentro desde que te has ido. Y cada día experimento rayos, y truenos, y resoplo, y me escondo. Me escondo para seguir luchando, porque aquí, en mi refugio, jamás dejaré de ser niña. Y afuera... Afuera, entre los adultos, hay demasiado daño, demasiado egoísmo, demasiado para mí.
El otro día me di cuenta de que a pesar de todo estoy aprendiendo mucho más a hablar conmigo misma. No todo el mundo se atreve a hacerlo, porque la mayoría de las veces uno mismo es su peor enemigo o su mayor desconocido. Así que yo sí, me hablo, me descubro, cada día un poco más y un poco menos. Esa es la belleza de la vida: atrevernos a conocernos en el constante misterio. La vie est belle.
Y sin embargo el otro dije me dije a mí misma que sólo abrimos los ojos a la belleza cuando somos capaces de mirar a alguien y vernos. Y eso es lo que me pasó contigo: te miré, y me vi.
Y ahora te has ido, y hay días que no me miro. Porque aunque me mire, sé que no me veo, no del todo.
En definitiva, afuera no sé si llueve, pero aquí dentro casi siempre.
De vez en cuando, si escribo, encuentro un paraguas, o recuerdo que es posible bailar bajo el chaparrón. De vez en cuando.
Comprendo que la vida es también un ciclo de estaciones, y yo ahora, en pleno invierno, me abrigo como puedo con tus recuerdos, con las fotos que miro cada noche antes de dormir, y con los sueños que aún nos quedan por cumplir.
Soy yo misma, al fin y al cabo, la que debe luchar contra el frío, la que debe vencer, con el fuego del corazón, el hielo del miedo.
Me conformo con que cuando llueva fuera sigamos prefiriendo calarnos, tú y yo, por dentro, así, el uno del otro.
Y ahora, en mi invierno más duro, a pesar de estar lejos, sigues siendo mi estación, mi verano, mi mí(o).
Nada está claro ni cierto, mucho menos cierto. Y yo aquí, como una niña pequeña saliendo al mundo de los adultos. Inocente, expectante, diminuta. Qué enorme me parece todo. Los edificios se me caen encima. Las hojas se desprenden cuando paso; dicen que dónde está mi luz, y se alejan, se pierden, como yo, en las aceras. Los animales, más que las personas, me comprenden y se acercan. Qué haría yo sin mi perra.
De mayor quiero tener mil pájaros (y de pequeña, porque quiero también seguir siendo pequeña) en la cabeza, y ninguna jaula. No, ninguna.
Cuando llueve las gotas me acarician, se sienten atraídas por mi tormenta, la que llevo dentro desde que te has ido. Y cada día experimento rayos, y truenos, y resoplo, y me escondo. Me escondo para seguir luchando, porque aquí, en mi refugio, jamás dejaré de ser niña. Y afuera... Afuera, entre los adultos, hay demasiado daño, demasiado egoísmo, demasiado para mí.
El otro día me di cuenta de que a pesar de todo estoy aprendiendo mucho más a hablar conmigo misma. No todo el mundo se atreve a hacerlo, porque la mayoría de las veces uno mismo es su peor enemigo o su mayor desconocido. Así que yo sí, me hablo, me descubro, cada día un poco más y un poco menos. Esa es la belleza de la vida: atrevernos a conocernos en el constante misterio. La vie est belle.
Y sin embargo el otro dije me dije a mí misma que sólo abrimos los ojos a la belleza cuando somos capaces de mirar a alguien y vernos. Y eso es lo que me pasó contigo: te miré, y me vi.
Y ahora te has ido, y hay días que no me miro. Porque aunque me mire, sé que no me veo, no del todo.
En definitiva, afuera no sé si llueve, pero aquí dentro casi siempre.
De vez en cuando, si escribo, encuentro un paraguas, o recuerdo que es posible bailar bajo el chaparrón. De vez en cuando.
Comprendo que la vida es también un ciclo de estaciones, y yo ahora, en pleno invierno, me abrigo como puedo con tus recuerdos, con las fotos que miro cada noche antes de dormir, y con los sueños que aún nos quedan por cumplir.
Soy yo misma, al fin y al cabo, la que debe luchar contra el frío, la que debe vencer, con el fuego del corazón, el hielo del miedo.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Mezcla de suelo y cielo. Con más cielo.
Filosofía como filosofía de vida.
Literatura como vida.
Y ahí, entre medias, yo, mirando las estrellas.
Literatura como vida.
Y ahí, entre medias, yo, mirando las estrellas.
Arrojar el candado.
La aventura de reinventarnos,
reírnos a ratos,
cogernos la mano,
morder el pecado sólo de tus labios,
arrojar el candado:
Vivir a tu lado.
reírnos a ratos,
cogernos la mano,
morder el pecado sólo de tus labios,
arrojar el candado:
Vivir a tu lado.
Sólo no me sueltes nunca.
Y dime que si río, reirás conmigo.
Y si lloro, aún en la distancia,
notarás el frío de este latir
que espera tu calor
para no estar marchito.
Y si lloro, aún en la distancia,
notarás el frío de este latir
que espera tu calor
para no estar marchito.
Desnudez.
Habláis de estar desnudos con el cuerpo; pero la verdadera desnudez es la del alma, la de quien se ofrece ante el otro tal cual es.
Desnudarse es carecer de máscaras, dejar de lado el maquillaje, y sobre todo, sentirse indefenso ante alguien.
Quitarse la ropa es fácil, lo difícil es que nos vean tal cual somos, por fuera, pero sobre todo por dentro.
Sentirse indefenso por amar y ser amado es la única forma de ser verdaderamente fuertes.
Desnudarse es carecer de máscaras, dejar de lado el maquillaje, y sobre todo, sentirse indefenso ante alguien.
Quitarse la ropa es fácil, lo difícil es que nos vean tal cual somos, por fuera, pero sobre todo por dentro.
Sentirse indefenso por amar y ser amado es la única forma de ser verdaderamente fuertes.
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